Por un motivo que aún no logro entender esta última semana he estado jugando a Los Sims 3 con el DLC Movida en la Facultad. Empecé una partida en la que mi único personaje era un hombre joven adulto cuyo sueño era convertirse en artista de renombre (maestro en la pintura y la escritura). No resultó tan fácil.
Yo quería pintar, pero necesitaba dinero para subsistir. La casa era barata y los objetos se rompían cada dos por tres. Decidí coger un trabajo a tiempo parcial en la librería: de 16:00 a 19:00 de lunes a viernes. Me pareció muy buen horario y ascendí rápido a moderador del club de lectura, llegando a ganar 118 § por hora; no estaba nada mal. Además, aprovechaba que salía casi de noche para hacer algún grafiti por la ciudad (y mejorar así mi «arte callejero») y para cuando llegaba a casa tenía que cenar algo, limpiarla y apenas podía pintar algo antes de caerme rendido.
Gracias a un reto de hacer un grafiti en un enclave de la ciudad (daban 1000 §) pude comprarme un ordenador con el que poder empezar a escribir. Sin embargo, no tenía tiempo para todo. ¿No era mejor centrarme en la pintura y vender mis cuadros? Eso hice.
De lunes a viernes pintaba, limpiaba la casa, cocinaba, trabajaba, hacía algún grafiti, pintaba un poco más, dormía y vuelta a empezar. Poco a poco ganaba más con los cuadros, pero aún no me había sentado a escribir ni una palabra. Me empecé a preguntar por qué seguía en ese trabajo que me jodía cinco tardes por unas pocas monedas.

Aprovechando el DLC fui a la universidad a sacarme el título de Bellas Artes. Como buen empollón, estuve estudiando todos los días y practicando mi dibujo para tener mejor nota y, tras varios semestres, me saqué la licenciatura con sobresaliente. Apenas había ido a dos fiestas y solo me había relacionado con los de mi residencia.
El último día fui al café y a mi Sim le llamó la atención una tal Ashley: la típica rubia animadora de cualquier película americana. A mi Sim le gustaba, ¿así que quién era yo para juzgarlo? Además, ella tenía unos rasgos que daban juego (jeje), entre ellos «malvada», «irresistible» y «deportista». Tuvimos una cita para acabar bien la época universitaria y volví a mi ciudad.
Al llegar, nada había cambiado. Volví a la rutina anterior. Tanto mis amistades universitarias como Ashley vivían en otras ciudades, por lo que solo podía pedirles que vinieran a pasar el día.
Después de la visita de mi mejor amiga de la uni, llegó el turno de Ashley. Le invité a pasar la noche y la mañana siguiente le ofrecí compartir piso. Pensé que podía ser la oportunidad de manejar a otro Sim. Me equivoqué. Era mi novia y compartíamos casa y cama, pero ese Sim tenía autonomía. Ella no tenía trabajo, por lo que se dedicaba a las tareas del hogar (no todas, todo hay que decirlo), a jugar con el ordenador y a vete a saber qué más.

Yo seguía con mi rutina, bastante insatisfecho con cómo había salido las cosas, a pesar de que Ashley pagase alquiler y me quitara algo de trabajo en casa. Decidí que eso no podía seguir así.
Nos casamos para poder manejarla a ella también y, aprovechando su licenciatura en empresariales, podía conseguir un buen trabajo de «Negocios», con un horario más que decente: de lunes a viernes, de 8:00 a 14:00, por 80 § la hora. Era la oportunidad perfecta de que mi Sim inicial dejara el trabajo y se dedicara solamente al arte, ¿verdad?
El problema era que el sueño de vida de Ashley era convertirse en una deportista de élite y para eso tenía que trabajar en «Deportes». Como he mencionado antes, uno de sus rasgos era «atlética». Sin embargo, en «Deportes» ella tenía que empezar desde abajo, cobrando una miseria y con un horario pésimo (de lunes a jueves y el sábado, de 15:00 a 21:00 por 13 §).
Ahí me surgió el siguiente dilema: ¿Merecía sacrificar su sueño para conseguir dinero y que él pudiera ser artista a tiempo completo? ¿Estaba siendo egoísta? ¿Solo los casé para ponerla a trabajar y que él pudiera «vivir a su costa»? Aun siendo consciente de que él también ganaría dinero con los cuadros, esa idea me rondaba por la cabeza. ¿Qué debía hacer?
La verdadera cuestión era: ¿Para qué necesitaba el dinero? ¿Para comprar muebles y electrodomésticos nuevos e incluso comprar una casa más grande? ¿Acaso necesitaba otra casa? ¿Por qué? Si la mujer apenas tendría tiempo libre. ¿Iban a tener hijos? Y en tal caso, ¿quién los cuidaría? ¿El padre, teniendo menos tiempo para pintar (y escribir); la madre, teniendo que dejar el trabajo; o una niñera, por lo que necesitarían aún más dinero? ¿Cuál era mi objetivo?
Me di cuenta de lo absurdo que resultaba todo. No he vuelto a jugar, ni sé si volveré a hacerlo por el cargo de conciencia, porque todas esas horas delante de la pantalla no van a volver. Es triste comprobar una vez más que, quitando las obligaciones laborales y académicas, aprovecho cualquier excusa para no reescribir una novela que encima me gusta mucho y para la que tengo nuevas ideas. Tal vez crea que no conseguiré escribir nada bueno. ¿No es irónico que mi Sim, queriendo ser pintor y escritor, no escribiera nada en toda la partida?

Albert Camus publicó El mito de Sísifo en 1942 y en él nos explicaba que la vida es absurda y nos sugirió cómo afrontar esa dolorosa verdad. ¿Qué mejor forma hay para comprender eso que jugar a Los Sims? Es más, he escrito esta entrada de blog sobre un Sim que no tenía tiempo para escribir, habiendo perdido el tiempo jugando a ese juego en vez de escribir mi propia novela. ¿Acaso no es absurdo?
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